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Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo, existió un niño que siempre andaba engañando y despreciando la sinceridad. A sus padres y demás personas, al no gustarle dicha faceta de él, siempre terminaban discutiendo y cuando esto pasaba, el chico salía a pasear solitariamente por el bosque intentando huir de reprimendas o castigos. Un buen día, después de una fuerte discusión con sus padres, el muchacho salió huyendo hacia lo más profundo del bosque. Cuando se hubo calmado en la huida, se fijó en el Sol y como sus rayos parecían hacerse hueco entre las ramas de un frondoso y anciano árbol que allí había, se dejaba llevar así, por el traslucir de sus hojas verdes por aquellos rayos de Sol que parecían darle un carácter mágico.

Entonces al fijarse detalladamente en él vio algo extraño. Algo había colgado en una de sus ramas que centelleaba de forma espectacular. Rápidamente se acercó y observó lo que parecía ser un extraño fruto a la par que bello que parecía estar hecho de oro. Él se entusiasmó porque le vino a la cabeza la cantidad de dulces y juguetes que podría comprarse si conseguía hacerse con uno de esos frutos y venderlos. Entonces, el muchacho, sin previo aviso, comenzó a subir el árbol. Pero paso qué, cuando tuvo al alcance el fruto y alzó la mano para cogerlo, escuchó una voz:

—¡Ey muchacho! Maravillosos frutos, ¿verdad?

Cuando el chico giró su cabeza en dirección a la voz, vio a un gnomo que tocándose su gran barba blanca lo miraba.

—Sí… —respondió el extrañado por encontrarse de repente con un ser mágico de las leyendas.

—Son los llamados frutos de la Sinceridad, ¿sabes? —dijo el gnomo.

El muchacho se quedó mirándolo en silencio como esperando una explicación más detallada.

—Esos frutos se llaman así porque tienen el poder de hacer totalmente sincero a aquella persona que se los coma —dijo el gnomo.

—¡Guau, ahora podré ser sincero siempre aun cuando no quiera! —gritó el muchacho con satisfacción.

—¡Claro, son los frutos de la Sinceridad! —repitió el gnomo nuevamente.

—¡Fantástico! Entonces ahora puedo comérmelo y volver a casa y serle completamente sincero a todos, ¡así no me regañarán mis padres y no tendré tantos problemas con el resto de personas! —dijo el muchacho.

—¿Y después qué? El fruto no te hace sincero para siempre, una vez que hayas hecho la digestión el efecto se desvanecerá —preguntó el gnomo.

El niño se paró por un momento a pensar en estas palabras.

El gnomo tenía razón, una vez que se hubiera comido el fruto y su efecto hubiera desaparecido ya no podría ser sincero, por lo tanto era un poder efímero el que éste le otorgaba. No obstante, rápidamente se le ocurrió lo siguiente:

—¡Ya tengo la solución! Podría venir todos los días a este lugar del bosque y coger uno o varios frutos, llevarlos a casa y así poder ser sincero todo el tiempo.

—Parece más una idea que una solución —dijo el gnomo en tono reflexivo.

—¿Por qué dices eso? —preguntó el muchacho.

—Porque este árbol es mágico, ¿sabes? —comenzó a explicarle el gnomo— Hoy está aquí, mañana allí… ¡No para quieto! Por tanto te pasarías todo el tiempo buscándolo a la vez que yendo y viniendo, no podrías vivir tu propia vida.

El muchacho se sumió nuevamente en la confusión ¿Cómo podría hacerlo?

—¡Ja, ja, ja, ja! —el gnomo comenzó a reír— ¿No se te ocurre nada?

—No —respondió el niño.

—Pues deberías pensar algo rápido, pronto se hará de noche y no te recomiendo que te quedes en esta parte del bosque cuando el Sol se vaya —le aconsejó el gnomo.
La noche sería peligrosa sí, el muchacho lo sabía y la presteza con la que debía de tomar la decisión lo sumía más aún en la ansiedad, ¿qué podía hacer? Entonces, algo en su cabeza se encendió:

—¡Espera! ¡Ya lo tengo!

—¿Sí? —preguntó el gnomo.

—Mi padre y mi madre son agricultores y si les ayudo y me fijo en cómo lo hacen aprenderé a plantar y cultivar, por tanto, podría llevarme uno de estos frutos y hacer que de él crezca un árbol que de muchos más.

—¡No es mala idea! —exclamó el gnomo— Pero para ello tendrás que obedecerles, hacer las cosas que ellos te digan, ya que de otra forma no aprenderás lo necesario para que la semilla del fruto eche raíces y de ella salga el árbol.

—¡Lo haré! —afirmó el chico sin dilación.

—¡Pero eso requerirá mucho trabajo! ¡Incluso más que ser simplemente sincero! ¿Has pensado en ello? —preguntó el gnomo ahora con un tono algo más serio—. Otras muchas personas intentaron la misma empresa antes que tú y no todas ellas lo consiguieron.

—¿Qué quieres decir?

Quiero decir que todas las personas, cuando encuentran el fruto de la sinceridad, lo quieren para sí, pero aunque entienden todo sobre sus propiedades muchos simplemente abandonan, se les olvida lo importantes que son otros factores, por lo tanto no llega a germinar la semilla o este crece débil, tanto, que ante una leve ventolera se parte su tronco y queda maltrecho.

—¿A qué otros factores te refieres? —preguntó el muchacho.

—Por ejemplo, tener paciencia para que crezca, tiempo para sus cuidados, el ambiente que necesita entre otros que irás descubriendo si finalmente te enfrascas en dicho cometido —le explicó el gnomo.

—¡Claro que lo haré! ¡Haré todo lo necesario! —exclamó el muchacho muy confiado.

—Me alegro de que estés así de contento y convencido, pero debes tener cuidado, la sobreconfianza puede hacer que te descuides y al final falles donde otros ya fallaron ¡No debes autoengañarte chico! ¡Cómo te he dicho, esta empresa es muy difícil! ¡Te lo digo por propia experiencia! ¡Jo, jo, jo, jo! —reía el gnomo.

—¿Propia experiencia? ¿Tienes un árbol cómo este? ¡Me encantaría verlo! —el chico estaba entusiasmado ante la oportunidad de ver otro árbol tan maravilloso como ese.

—¡Jo, jo, jo, jo! ¡Ahora mismo estás en él!

El chico se sonrojó un poco, ya que estaba cogiendo los frutos sin su permiso, pero entonces el enano dijo —No te preocupes chico, que hayas subido en él para coger algunos frutos es parte del cometido de este árbol, ya que, como el árbol tan especial que es, solamente puede crecer en otro lugar si una persona se ocupa de él con dedicación, sus frutos en la tierra yerma mueren, por lo tanto, necesita que alguien coja algunos de ellos y lo plante en otro lugar, si no fuera así, esta especie tan fascinante se extinguiría.

Al escuchar esto, el chico se dio cuenta que la responsabilidad que tenía entre manos era aún mayor, pero esto le dio todavía más fuerzas para intentarlo, tenía un propósito y eso era lo más importante. Por ello, y ateniéndose a esta importancia, decidió comer el fruto para averiguar si estaba siendo totalmente sincero con este compromiso y todo el trabajo que conllevaba, entendió que si comía de él, entonces no se autoengañaría y podría saber a ciencia cierta y su implicación con aquel propósito era sincera, necesitaba saber si aceptando sinceramente todos los problemas que por su cabeza rondaban, aceptando que tendrá que convivir con ellos y los nuevos por surgir, podría igualmente avanzar en este buen proyecto.

Así pues, el muchacho dio un mordisco a aquel fruto. En un principio no le sabía ni mal ni bien, pero cuando pasó esta primera impresión noto un gustillo, una cierta acidez que le estimulaba el paladar y le incitaba a tragarlo. Y así hizo.

Después de esto, el fruto comenzó a hacer efecto y pensando sobre la decisión que iba a tomar vinieron a su cabeza imágenes de sí mismo, de las cosas terribles que le habían pasado y las cosas aún peores que estaba por venir. Entonces, bajo los efectos del fruto en un acto de sincera humildad a tenor de lo difícil que era la empresa dijo —Será muy difícil, pero quiero hacerlo, estoy convencido. Será una lucha de día a día pero aun así lo haré, no me defraudaré.

—¡Bravo, bravo! —el gnomo aplaudía— Ha sonado muy convincente chico. Pero ahora llega la otra parte, dejarse de palabras y actuar, así que anda coge uno de sus frutos y llévalo contigo ¡Sólo te queda continuar día a día!

FIN

¿CÓMO SE VIVE LA FALTA DE CONCIENCIA DE PADECER UNA ADICCIÓN QUE NOS SUPERA?

Se vive con una sensación continua de malestar e infelicidad que al principio es ocasional hasta que se hace insoportable para los demás y para uno mismo. Con vaga conciencia del motivo del problema. Con periodos de tiempo de equilibrio vital alternados con periodos de crisis, donde el problema en cuestión se manifiesta con más intensidad. Con creencias tanto en contra como justificativas de la conducta adictiva. Con dificultad para vivir involucrado en los proyectos del día a día. Con mucha dedicación y energía a lo que considero un problema. Con sensación de descontrol, inseguridad y de que los demás no me comprenden. Con la sensación de que puedo explicar las cosas de diferentes maneras según el momento en el que me encuentre. Sintiendo que si consigo tal o cual objetivo las cosas mejoraran, pero una vez alcanzado continúan lo mismo. Desvinculado de los demás. Con pérdida de interés por los objetivos a largo plazo. Con la creencia y actitud habitual de controlar o cambiar las propias emociones o pensamientos determinados para dejar de tener el problema en cuestión o alcanzar el bienestar deseado. Dedicando gran parte del tiempo a pensar sobre el pasado, o bien culpabilizando a los demás como motivo del malestar experimentado. Manipulando a los demás para que actúen según la propia manera improductiva de hacer las cosas.

Con dificultad para saber qué es lo que necesito realmente, sacando conclusiones de todo tipo que normalmente tienden a descalificarme a mí mismo de una manera generalizada. Con rechazo, negación, vergüenza y atribuciones negativas al problema que empiezo a considerar que pueda tener.

Se vive en una ficción. En un engaño de vida, donde no se disfruta del presente y lo que prima es la búsqueda del alivio y de la evitación de las emociones negativas.

Se trata por tanto de un estado psicológico cambiante y vacilante que no se sostiene por sí mismo una vez se ha adquirido conciencia de problema. Dentro de la imaginación y del incesante diálogo interno en nuestra conciencia perviven ideas y motivaciones del pasado entremezcladas con las nuevas conclusiones y reflexiones sobre lo que empezamos a considerar un problema. No está clara la relación entre las causas y el efecto para la propia persona por mucho que pueda ser apuntado por personas del entorno. La conducta adictiva provoca, por su naturaleza placentera, una “desconexión” con las repercusiones que conlleva en la vida de la persona. Pues distrae de atender a aspectos vitales imprescindibles y promueve una forma de vida que provoca problemas a uno mismo y a los demás. Es por todo lo anterior, que el esclarecimiento de la naturaleza del problema con una aceptación profunda y el desarrollo de una actitud profundamente sincera sobre todo lo que acontece en el interior de la persona resulte esencial para mantener un “hilo” de conexión con la realidad que permita a la persona superar la inercia de la negación y estilo de vida adictiva que ha caracterizado su vida anterior.

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