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Los disparadores o estímulos condicionados hacia el consumo no son solo los lugares, las
amistades adictas o los objetos físicos únicamente. Es mucho más que eso. Son el conjunto de
estímulos, visibles e invisibles, que se fueron construyendo durante el tiempo que la adicción era
una forma habitual de afrontar el día a día. El “ambiente adictivo” es el espacio en el que todo
parece colocarse de forma automática para empujar a repetir, una y otra vez, la conducta adictiva,
aunque en ese momento proporciona alivio.

El ambiente adicto lo constituyen aquellos entornos donde los gestos, los sonidos, las rutinas,
incluso ciertos olores, son pistas que activaban el deseo en el cerebro adicto sin apenas darse
cuenta de ello. Son aquellos rincones con una huella emocional que conecta con esa versión de ti
mismo que quieres dejar atrás.

Y lo más difícil es que, aunque sabes que hace daño, una parte de ti le atribuía cierto valor. Hay
“algo” en ese ambiente que hace sentir que es “tu sitio”. Pero en realidad es una cárcel invisible.
Una jaula hecha de recuerdos, emociones, hábitos y vínculos tóxicos. Lugares donde el dolor se
disfraza de placer momentáneo. Donde la explicación, el sentimiento y la conducta se fusionan
como si no hubiera otra salida.

En esos ambientes se activaba el deseo que conllevaba posteriormente el “calvario” que muchas
veces tiene cara de consuelo, pero que termina arrastrándote más al fondo.

 

¿Qué consecuencias tiene estar en el entorno habitual de recuerdos de consumo? 

Lo primero: que el problema se perpetúa. Aunque tengas conciencia de lo que pasa, estar allí
hace que los mismos pensamientos y emociones regresen una y otra vez. Enciende los
“impulsos”, y lleva finalmente a reaccionar en “automático”.

A pesar del deseo de cambiar, de querer dejar atrás esa versión de ti mismo, los estímulos
asociados a la adicción lo harán imposible. La motivación se desvanecerá con solo mirar
alrededor de estos. Todo empujara al mismo punto: repetir el patrón.

Y lo más triste es que, mientras permanezcas ahí, no dejara espacio para que surjan experiencias
nuevas. El entorno antiguo no solo mantendrá el problema, sino que impedirá descubrir caminos
distintos. Es como si te apretara los ojos para que no puedas ver que el mundo es mucho más
amplio que ese rincón de destrucción.

“¿Por qué vuelvo a caer? La respuesta está en tu entorno”

Cuando empiezas a transformar tu “entorno”, empiezas a transformar tu vida. Cambiar los estímulos que rodeaban a la conducta adictiva no sólo reduce el riesgo de recaída, sino que crea las condiciones para que florezca algo nuevo.

Empiezas a tener menos recuerdos dolorosos, menos “disparadores”. Alivia emocionalmente percibir que ya no estarás rodeado de las señales de consumo. Empiezas a sentir que tienes más control sobre lo que haces, que ya no vives al borde del riesgo constante ni en vigilancia continua sobre los propios deseos.

Y aparece algo fundamental: te das permiso para vivir otras cosas. Descubres que hay entornos amables, tranquilos, donde puedo estar sin miedo, sin angustia. Conoces a personas con otras prioridades. Aprendes a relacionarte desde un lugar más sano. El cuerpo y mi mente comienzan a “relajarse”.

Poco a poco, ese nuevo ambiente te dará lo que antes buscaba en la adicción: alivio, conexión, sentido. Y eso, aunque no es inmediato, se irá incrementando hasta volverse una nueva forma de vivir en un mundo libre.

 

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