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Muchas personas que inician un proceso de tratamiento describen una sensación similar: los días pasan sin darse cuenta, las tareas se posponen constantemente y cuesta terminar lo que se empieza. Con frecuencia se definen a sí mismas como vagas o desmotivadas. Sin embargo, la realidad suele ser más compleja. La desmotivación (o actitud de «dejadez») no siempre tiene que ver con la falta de ganas, sino con haber vivido durante mucho tiempo sin estructura, sin objetivos claros y reaccionando únicamente a lo que apetece en cada momento. Cuando una adicción entra en escena, esta dinámica se intensifica aún más.

El dominio del placer inmediato

El cerebro humano está diseñado para buscar aquello que proporciona bienestar inmediato. Las adicciones llevan este mecanismo al extremo, convirtiéndolo en una prioridad constante.

Poco a poco, las obligaciones comienzan a sentirse pesadas, las responsabilidades se aplazan y las tareas cotidianas se acumulan. La vida empieza a girar en torno a lo que genera satisfacción rápida. No porque la persona sea irresponsable por naturaleza, sino porque ha aprendido a seguir impulsos en lugar de propósitos.

Las distintas formas de la «dejadez»

Esta actitud tan habitual en el proceso de recuperación de una adicción (la Dejadez) no siempre se presenta de la misma manera. En algunas personas aparece como conformismo, dejando de plantearse metas. En otras, se manifiesta a través de fantasías sobre un futuro mejor que nunca llega a concretarse. También puede mostrarse como distracción constante, desorganización, pasividad o evitación de cualquier esfuerzo que implique cierta incomodidad. Con el tiempo surge una idea que parece lógica pero resulta engañosa: “ya lo haré cuando me encuentre mejor”.

La experiencia demuestra lo contrario: muchas veces no actuamos porque nos sentimos bien, sino que empezamos a sentirnos mejor cuando actuamos.

El círculo de la evitación

Cuando dejamos tareas pendientes, aparece una sensación de incomodidad. Para aliviarla, buscamos distracciones que nos proporcionen un alivio momentáneo. Sin embargo, el problema sigue ahí y, con el tiempo, suele hacerse mayor. Así se forma un círculo que se repite una y otra vez: evitar, sentir alivio temporal, acumular más problemas y volver a evitar. Romper este ciclo no requiere grandes gestos, sino pequeños compromisos sostenidos en el tiempo.

Empezar por lo pequeño

Uno de los errores más comunes es pensar que el cambio requiere transformar toda la vida de golpe. Esto suele generar frustración y abandono. La recuperación funciona de otra manera. Comienza con acciones pequeñas, repetidas de forma constante: hacer la cama, preparar lo necesario para el día siguiente, salir a caminar unos minutos, cumplir una tarea sencilla o llegar puntual a una cita.

Cada una de estas acciones fortalece la confianza personal. Poco a poco, la persona empieza a percibir que puede contar consigo misma.

Responsabilidad sin rigidez

Para algunas personas, la idea de «responsabilidad» está asociada a exigencia extrema o perfeccionismo, sin embargo, la responsabilidad saludable no consiste en hacerlo todo perfecto, sino en hacerse cargo. Hacerse cargo de las decisiones, de las consecuencias, de los compromisos y de la propia vida.

Una persona responsable no es quien nunca falla, sino quien deja de buscar excusas y empieza a buscar soluciones.

Lo que observan las familias

Desde fuera, las familias no suelen esperar cambios espectaculares. Lo que más valoran son aspectos simples pero significativos: que no tengan que repetir las cosas constantemente, que los compromisos se cumplan, que las palabras se acompañen de hechos y que exista cierta constancia.

En este sentido, una pregunta puede resultar especialmente útil: ¿qué cosas siguen teniendo que recordarme una y otra vez? La respuesta suele señalar con claridad dónde es necesario trabajar.

Construir el cambio día a día

La recuperación no ocurre de un día para otro, se construye a partir de muchos pequeños momentos en los que se elige hacer lo correcto, incluso cuando no apetece. La motivación es variable, pero los hábitos permanecen. Cuando una persona aprende a responsabilizarse de las pequeñas cosas, comienza también a recuperar las grandes. Por eso, quizá una de las ideas más valiosas en este proceso sea entender que el orden no es una obligación, sino una forma de cuidado personal. Cada pequeña responsabilidad cumplida es una señal de que el cambio ya está en marcha.

 

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