¿Cómo se vive cuando no eres consciente de que tienes una adicción?
¿Cómo se vive cuando no eres consciente de que tienes una adicción?
Al principio puede parecer que todo está más o menos bien, que puedes controlar la situación. A veces sientes que todo va bien, pero de repente vienen crisis que te descolocan. Empiezas a sentirte mal contigo mismo y con el mundo, sin saber exactamente por qué. Pierdes el interés por tus metas, por tus relaciones y por la vida cotidiana. Todo gira en torno a esa conducta adictiva, aunque intentes disimularlo o justificarlo.
Te cuesta mucho vivir el presente, porque estás todo el rato pensando en cómo evitar lo que te hace sentir mal. Pasas mucho tiempo dándole vueltas a tu vida, culpando a los demás o a tu pasado por lo que te pasa. Es como si vivieras en una mentira, engañándote a ti mismo y a los que te rodean. Además, puedes manipular a los demás para que todo encaje con tu forma de ver las cosas. El problema es que, aunque logres ciertos objetivos, el vacío sigue ahí.
¿Qué consecuencias tiene esto?
La principal consecuencia es el sufrimiento constante. Te agotas emocionalmente porque nada cambia y el problema sigue repitiéndose. Tus seres queridos también lo pasan mal, incluso aunque tú no te des cuenta. Puedes tener problemas económicos, de salud, legales, sociales… y acabas perdiendo la confianza en ti y en tu futuro. Además, no cumples con tus compromisos y te dejas llevar por lo que “te apetece” en el momento, buscando alivios momentáneos. A veces hasta buscas el consejo de otros solo para que te digan lo que quieres oír, sin contar toda la verdad.
¿Qué pasa cuando aceptas de verdad tu problema?
Cuando por fin aceptas lo que te pasa, es como si se encendiera una luz. Empiezas a vivir el presente con más claridad, sin tantas excusas. Ya no tienes que mantener una imagen falsa frente a los demás ni frente a ti mismo. Comienzas a actuar con más sinceridad, lo que te permite tomar decisiones reales para mejorar. Aparece una sensación de paz, porque ya no necesitas esconderte.
A partir de ahí puedes empezar a trabajar en soluciones reales, con ayuda profesional si es necesario. Mejoras tu forma de sentir, tus relaciones, tu manera de pensar y también de actuar. Empiezas a madurar y a dejar atrás el sufrimiento constante.
¿Qué obstáculos puedes encontrar?
El mayor obstáculo eres tú mismo. Tus pensamientos antiguos siguen ahí, intentando convencerte de que no tienes un problema o de que no vale la pena cambiar. Aparecen excusas, nostalgias, autoengaños… Y si no los detectas, pueden hacerte volver atrás.
También cuesta aceptar la ayuda o seguir una terapia constante. Y hay mecanismos mentales como la proyección (culpar a otros), la negación, la racionalización (justificarte todo), la represión (olvidar lo que no quieres ver) y la inatención selectiva (ver solo lo que te conviene), que pueden frenarte si no los identificas.
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