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Imagina que llevas meses, quizás más de un año, escalando una montaña muy empinada. La subida ha sido dura, llena de resbalones, sudor y momentos en los que pensaste que no podías más. Pero ahora, has llegado a una meseta. El sol brilla, la vista es espectacular y respiras un aire limpio que te llena los pulmones. Te sientes fuerte, capaz, renovado. Piensas: “Lo he conseguido. Ya estoy bien”.

Este es un momento maravilloso, pero también uno de los más peligrosos en el camino de la recuperación personal y la superación de problemas como las adicciones, la ansiedad o la depresión. Se llama autocomplacencia, y es como un espejismo en el desierto. Te hace creer que ya has llegado a tu destino cuando, en realidad, solo estás en una parada del viaje, en la que no podrás permanecer mucho tiempo antes de que vuelvas a caer.

Hoy quiero que hablemos de esa trampa. De cómo, sin darnos cuenta, podemos empezar a desandar el camino que tanto nos costó recorrer.

La sutil erosión de los buenos hábitos

Cuando empezamos un proceso de cambio, solemos ser muy aplicados. Vamos a terapia, leemos, hacemos ejercicio, nos comunicamos, practicamos nuevas herramientas. Construimos, pieza a pieza, una nueva estructura para nuestra vida. Pero, ¿qué pasa cuando empezamos a sentirnos bien?

Una parte de nuestra mente es «perezosa» por naturaleza. Busca atajos y la ley del mínimo esfuerzo. Y de repente, esa rutina que te salvó la vida empieza a parecerte una carga.

  • “Hoy no voy a terapia, me encuentro genial”.
  • “Llevo tanto tiempo sin problemas que por una vez no pasa nada”.
  • “Ya no necesito hablar de estas cosas, es remover el pasado”.

Empiezas a saltarte pequeños pasos. Dejas de hacer esas llamadas que te mantenían conectado, abandonas la meditación que te calmaba, empiezas a quedarte en la superficie de las conversaciones. “Sí, estoy bien, hago ocio, me comunico”, te dices. Pero la comunicación se vuelve superficial, y el ocio ya no es consciente y reparador, sino una simple distracción.

Poco a poco, sin un gran drama, la estructura se va debilitando. Es como si quitaras un tornillo de aquí, otro de allá. La estantería sigue en pie, pero está inestable, lista para venirse abajo al menor empujón.

El regreso de los viejos fantasmas: los estímulos y los reflejos condicionados

Nuestros cerebros son máquinas de asociar. Un lugar, una canción, un olor, una persona… todo puede estar conectado a nuestra “antigua vida”, a esos momentos de sufrimiento que intentamos dejar atrás. A estos disparadores los llamamos estímulos o estresores.

Cuando estás fuerte y con tus herramientas a mano, puedes ver venir un estímulo y decir: “Ah, hola. Sé quién eres. No tienes poder sobre mí”. Pero cuando la autocomplacencia te ha debilitado, esos estímulos pueden afectar al estar “desprevenido”.

¿Qué nos enseña esto? Que no se trata de ser más fuerte que los estímulos, sino humilde y previsor (inteligente en resumen). Se trata de reconocer que hay entornos y situaciones que, por un tiempo, es mejor evitar. No es una señal de debilidad, sino de una profunda honestidad con uno mismo.

Cuando la profesión va por dentro: reprimir no es superar

Otro peligro de la autocomplacencia es que nos lleva a reprimir. Como te sientes “bien”, no quieres “estropear” el momento hablando de algo que te incomoda. Vives una situación asociada a tu adicción, recuerdos dolores, recibes una llamada inesperada que te altera, y en lugar de procesarlo, comunicarlo y buscar apoyo, te lo guardas e intentas olvidarlo.

“No es para tanto”, piensas. Y sonríes. Pero por dentro, esa emoción reprimida no desaparece. Se va acumulando, como el vapor en una olla a presión.

Lo que reprimes, se queda dentro. Y puedes aguantar hasta cierto punto, pero tarde o temprano, la olla explota. La única forma de liberar esa presión de manera segura es comunicando. Hablando con tu terapeuta, con tu grupo de apoyo, con tu familia (si está preparada para escucharte). Ponerle palabras al malestar es el primer paso para que pierda su poder.

El camino es el destino: nunca dejes de trabajar en ti

La recuperación no es un destino al que se llega, sino un camino que se transita cada día. Sentirse bien es el resultado del trabajo continuo, no una excusa para dejar de hacerlo.

  1. Vigila la autocomplacencia: Cuando te escuches decir “ya estoy bien”, enciende una pequeña alarma. Celébralo, pero pregúntate: “¿Qué estoy haciendo para mantenerme así?”.
  2. Identifica y respeta tus estímulos: Haz una lista honesta de las personas, lugares y situaciones que te desequilibran. No se trata de huir para siempre, sino de anticiparte y protegerte, sobre todo al principio.
  3. Comunica, no reprimas: El malestar es como el moho, crece en la oscuridad. Sácalo a la luz. Habla de ello, aunque te parezca una tontería. Es mejor “exagerar” y pedir ayuda que minimizarlo y acabar roto.
  4. Nunca dejes de usar tus herramientas: La terapia, los grupos, la meditación, el ejercicio… no son muletas para cuando estás mal. Son el entrenamiento diario que te mantiene fuerte para cuando la vida te ponga a prueba.

Recuerda siempre la montaña. La meseta es un lugar para descansar, disfrutar de las vistas y coger fuerzas, pero no es la cima. El viaje continúa, y cada paso consciente que das, cada día que eliges seguir trabajando en ti, es una victoria que te aleja del precipicio y te acerca a una vida más plena y auténtica. No te regales el oído; regálate el compromiso de seguir caminando.

 

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