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¿Alguna vez te has sentido como si tu mente tuviera vida propia? Como si un torbellino de pensamientos, sin que nadie los invite, ocuparan toda tu atención, te arrastrara y te hicieran sentir fatal. Pensamientos que, aunque no puedas tocar ni ver, tienen el poder de secuestrar tu atención, distorsionar tu realidad y llenarte de ansiedad, culpa o tristeza. Si te suena, no estás solo. Hoy vamos a desenmascarar a estos «okupas» mentales y a aprender a quitarles el poder.

La trampa de la adicción y la hipersensibilidad emocional

Cuando intentamos escapar de este malestar, a veces caemos en trampas aún peores. El consumo (de sustancias, de comida, de redes sociales…) puede parecer una vía de escape. Al principio, funciona. Nos sentimos más fuertes, insensibles a los problemas, como si viviéramos en un mundo paralelo donde nada nos afecta.

Pero es un espejismo que no dura. Con el tiempo, esa armadura se oxida y se rompe. La persona se vuelve hipersensible. Todo molesta, todo duele. Y entonces, empieza a culpar a sus propias emociones. «Me siento mal por la ansiedad», «la culpa es de esta tristeza que no me deja en paz». Se inicia una guerra interna, un intento desesperado por controlar lo que se siente, lo que solo genera más caos, más culpa y más sufrimiento.

Este círculo vicioso se automatiza y, con los años, produce «inestabilidad emocional o desrregulacion emocional»:

  • «No sé por qué me siento tan mal».
  • «No puedo controlar lo que pienso ni lo que hago».
  • «Mi cabeza piensa sola y luego me arrepiento».
  • «Las emociones negativas me arrollan como un tsunami».

La persona se siente frágil, rota por dentro, y el alivio parece encontrarse solo en la idea de desaparecer. El enemigo no es la emoción en sí, sino la lucha encarnizada contra ella.

El camino de salida: Aceptar para transformar

La buena noticia es que hay una salida, pero no es la que la mayoría intenta. No se trata de luchar, de reprimir o de «pensar en positivo» a la fuerza. La clave es dejar de luchar y empezar a observar. Es un entrenamiento, (como ir al gimnasio), que debemos practicar a diario de la forma oportuna.

El objetivo al principio, es simple, pero no fácil: aprender a sentir.

Sí, has leído bien. Tenemos que abrirnos a experimentar gradualmente, de forma conscientemente la vergüenza, el miedo, la frustración, la culpa… todo ese catálogo de emociones que tanto hemos intentado evitar. ¿Por qué? Porque solo al permitirnos sentirlas podemos empezar a gestionarlas.

Imagina que tus emociones son como el tiempo. A veces hay sol, a veces hay tormenta. No puedes controlar el tiempo, pero sí puedes aprender a llevar paraguas, a ponerte al sol o a refugiarte cuando sea necesario. Luchar contra la lluvia solo te dejará empapado y frustrado.

Guía práctica inicial para reconquistar tu mundo interior

Este entrenamiento inicial consiste en «convertirte en un observador curioso» de tu propia experiencia. Es un protocolo que requiere valentía, constancia y sistematización. No vale hacerlo un día sí y tres no. Aquí tienes los pasos iniciales:

  1. Reconoce tu fragilidad: Empieza cada día recordándote: «Estoy en un proceso, estoy frágil y eso está bien». Aceptar esta vulnerabilidad es el primer paso para protegerte.
  2. Identifica la emoción (el detective emocional): Cuando notes un malestar, detente. Pregúntate: ¿Qué estoy sintiendo exactamente? ¿Es culpa, miedo, rabia, impaciencia, vergüenza? Ponle nombre.
  3. Mide la intensidad: En una escala del 0 al 100, ¿qué intensidad tiene? Un 60, un 70.?
  4. Localízala en tu cuerpo (el mapa corporal): ¿Dónde se esconde esa emoción? ¿Es un nudo en el estómago? ¿Una presión en el pecho? ¿Calor en la cara? .
  5. Observa el impulso de acción: ¿Qué te empuja a hacer esa emoción? ¿Gritar? ¿Huir? ¿Encerrarte? Simplemente obsérvalo, como si vieras una película. No tienes que actuarlo. Ver el impulso sin ceder a él es una victoria inmensa.
  6. Cuestiona tus pensamientos: ¿Estoy agrandando la emoción con mi diálogo interno? ¿Qué historias me estoy contando sobre esto? Estas preguntas crean un espacio de distancia y te devuelven la perspectiva.

Al seguir estos pasos, estás haciendo algo revolucionario: estás dejando de ser el protagonista del drama para convertirte en el espectador. Estás conectando las diferentes partes de tu cerebro: la emocional (límbica) con la racional (córtex).

El arte de dejar espacio

Todo este proceso tiene un objetivo fundamental: crear espacio. Espacio entre el estímulo (lo que ocurre) y tu respuesta. En ese espacio reside tu libertad y tu poder de elección.

Regular las emociones no significa no sentirlas. Significa no actuar de inmediato, impulsivamente. Significa darte tiempo para que la intensidad baje y puedas decidir de forma sabia y alineada con tus valores, no desde el secuestro emocional.

Este entrenamiento, sostenido en el tiempo, se integra en tu sistema nervioso. Al principio requiere esfuerzo y concentración, pero llega un punto en el que se vuelve automático. Empezarás a vivir con más calidad, a entenderte mejor y a sentir que, por fin, eres tú quien lleva las riendas de tu vida. 

 

 

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